En un territorio insular con falta de elementos naturales primarios, el puerto de Santa Cruz de Tenerife se convirtió en el protagonista y en el único cauce por el que , tanto la isla como la ciudad, se relacionaron con el exterior. La importancia histórica del puerto de Santa Cruz de Tenerife reside en su condición de elemento receptor-emisor y en la incidencia que ha tenido en su relación con la ciudad, a la vez que en las formas organizativas de las redes de comunicación de toda la isla.
Fernández de Lugo escogió la bahía de Santa Cruz como base ofensiva, porque desde ella resultaba fácil penetrar en la isla. Cumplida su función, el puerto fue mantenido como base defensiva, para impedir que otros pudiesen penetrar hacia el interior. No se eligieron otros lugares mejor situados para cortar el paso allí donde la tentación de presentarse era más fuerte. Gracias al baluarte santacrucero, La Laguna ha evitado el destino de tantas ciudades americanas o incluso canarias que sufrieron el saqueo y la destrucción de los piratas, así como la ocupación extranjera. Influyó también la mayor facilidad que como lugar de partida ofrecía a Fernández de Lugo para sus frecuentes incursiones en las costas africanas.
- Santa Cruz como puerto de La Laguna:
A pesar de que el litoral santacrucero no era demasiado apto para la seguridad de los navíos, la situación geográfica compensaba esta inseguridad. De todos los puertos naturales de Tenerife, el de Santa Cruz era el único que proporcionaba un acceso relativamente fácil y rápido a la principal ciudad de la isla: La Laguna. Durante más de los dos primeros siglos de su existencia, Santa Cruz sirvió como puerta de entrada a la ciudad de La Laguna. Así lo entendía el Cabildo otorgándole el nombre de “puerto principal” de la isla e intentando que fuera el mejor dotado para el servicio. En realidad el puerto de Santa Cruz en estos primeros años de su existencia no podía ser considerado el mejor si lo comparamos con la actividad que registraba el de Garachico o el puerto de la Orotava, implantados en una zona inmejorable de recursos naturales dedicados a la exportación. Santa Cruz situada en un paraje en donde dichos recursos eran escasos haría la función de lugar de entrada y baluarte defensivo de la isla.
En la amplia rada santacrucera, bordeada de una costa baja y provista de abundantes caletas y playitas, había que elegir un emplazamiento adecuado para un embarcadero. Se escogió en un primer momento un lugar en la pequeña playa llamada de La Carnicería, situada al norte de la desembocadura del barranco de Santos y contigua a una caleta de pequeñas dimensiones denominada de Blas Díaz, la cual estaba cerrada por un saliente o punta que se adentraba en el mar. Desde un principio la playa fue utilizada por los pescadores como varadero y punto de descarga de sus capturas.
La llamaban también la Caletilla, por ser de dimensiones reducidas; o la caleta de Blas Díaz, por haber hecho éste, en su varadero y a mediados del siglo XVI, un gran navío que había dado mucho que hablar. Era la Caleta una modesta ensenada formada por un recodo de la costa y dominada al norte por la pequeña eminencia en que se había edificado la ermita de la Consolación y más tarde el castillo de San Cristóbal. El fondo de la Caleta, que miraba al oeste, era formado por peñascos que caían a pique, mientras que el lado sur formaba una playa que servía de desembarcadero y varadero; detrás de ella había una mota en que se fabricó una plataforma de artillería, suprimida después para dar paso al edificio de la Aduana.
El abrigo de la Caleta era muy bueno, por hallarse protegido por los tres lados y, además, provisto con una playa; pero tenía difícil entrada y una capacidad muy reducida. Por aquí entraban y salían normalmente los pasajeros y las mercancías; precisamente por esta razón había sido elegida como lugar de apropiado para la implantación de la Aduana.
Tenemos noticia de que en 1513 se comienza a trabajar en un muelle del cual poco sabemos. Trece años más tarde Juan de Aguirre en representación del Cabildo solicita a la Corte, entre otros asuntos y por primera vez, ayuda económica para construir un muelle. Esta solicitud no fue atendida pero no impidió el inicio de las obras del muelle de Santa Cruz como buenamente se pudo. Esta obra que partía desde la playa no tardaría en sufrir los primeros desperfectos. En 1551 el Cabildo se hacía eco de la tempestad que en octubre de ese año había arruinado al primitivo muelle. Se ejecutaron arreglos en años posteriores pero cada cierto tiempo, por su mala ubicación y sus pésimos materiales, el mar volvía a destrozarlo.
Posteriormente se solicita una nueva ayuda a la Corte que en esta ocasión concedió, en 1567, 300 ducados por un periodo de seis años. Se mejoraron los materiales y se trabajó en las estructuras típicas de albañilería, cantería y carpintería. Pero de nuevo la ruina por desastres naturales en 1585 generó un estado de desánimo en el Cabildo. Se llegó a plantear cambiarlo de lugar pero esta idea no se hizo efectiva. En 1588 el ingeniero Torriani dibuja el litoral de Santa Cruz, mostrándonos que en la playa sólo queda lo que parece ser la ruina del atraque del muelle aunque se seguía utilizando como tal. El golpe definitivo y desesperanzador lo da el temporal de 1600 que arrasó con todo lo que quedaba. Ya en los primeros años del s XVII se encarga la construcción de un nuevo muelle en otro lugar. Esta vez se designó la peña que cerraba la Caleta, excavando unos escalones en la misma roca para facilitar el acceso de personas y mercancías. El muelle se había trasladado desde la playa a la Caleta. Con grandes dificultades este muelle prestó servicio durante todo el s XVII en medio de un litoral ingrato y de una fábrica que no ofrecía muchas garantías. Los trasvases de mercancías y pasajeros continuaban realizándose con gran dificultad.
El puerto durante el siglo XVIII:
El siglo XVIII supuso para el puerto el momento de su asentamiento y mejora. Hasta entonces, Santa Cruz era considerada como el puerto de La Laguna; en el siglo XVIII este puerto pasó de ser un lugar de paso hacia el interior a convertirse en un importante centro de transacciones comerciales. Fue considerado como un verdadero puerto comercial en la manera en que lo era el puerto de la Orotava y que lo había sido en siglos anteriores el de Garachico, arruinado tras la erupción volcánica de 1706.
- Las mejoras en las comunicaciones interiores: salvaban en parte las dificultades de traslado de los productos de exportación desde el norte de la isla.
- La instalación permanente de los capitanes generales en Santa Cruz: fue una de las razones del constante impulso que durante todo el siglo XVIII se destinó a la infraestructura para la mejora del puerto.
- el nacimiento de una pequeña clase burguesa-comercial. a la sombra del tráfico marítimo.
A la hora de entender este progreso, observamos de forma evidente que las sucesivas mejoras en el muelle motivaron la prosperidad de toda la población. El capitán general de Canarias Agustín de Robles y Lorenzana (1705-09) con mejores conducciones y obras de distribución dotó de agua a Santa Cruz posibilitando un suministro a los navíos más eficaz. El interés de los comandantes generales por adecuar un muelle en condiciones fue acometido con la ayuda de los ingenieros militares, nuevos técnicos necesarios para desarrollar lo que en siglos anteriores había sido una sucesión de fracasos. La primera gran dificultad que había que afrontar era replantear el lugar idóneo para el muelle. Recordemos que durante todo el siglo XVII las transacciones portuarias se vieron realizadas en la Caleta, ahora llamada de la Aduana, por encontrarse allí dicho edificio. La Caleta no era el lugar propicio para la instalación de un muelle con el suficiente calado. El primero de los ingenieros militares en sugerir un cambio de emplazamiento fue Miguel Benito Herrán que en 1729, propuso la construcción de un dique que partiera desde la laja de San Cristóbal. Este proyecto, por carencia de fondos y de iniciativa, no se llegó a realizar. En 1741 el comandante general Bonito y Pignatelli ordenó su ingeniero Antonio La Riviere el estudio y proyecto de un muelle en el lugar indicado doce años atrás por Benito Herrán. Al año siguiente La Riviere entregó su proyecto que fue aprobado en Madrid en mayo de 1742. No obstante el proyecto se quedó en papel.
El ingeniero militar La Rivière: El episodio de la oreja de Jenkins, capitán y pirata inglés que acudió al Parlamento británico mostrando en su mano una de sus orejas, alegando que se la había cortado el jefe de un guardacostas español, marca el inicio de un conflicto buscado por los británicos. Formó parte de un catálogo de excusas para romper las paces con España (1739). Su intención era abusar de las concesiones españolas tras la paz de Utrecht y no limitarse a las bases pactadas arrebatando territorios hispanos en América. La presencia de piratas y corsarios se recrudece en las islas. El ingeniero militar francés Antonio La Rivière llegó tras ser solicitado por el Comandante General Emparán (1740) para estudiar y disponer técnicamente las fortificaciones y otros puntos básicos para la defensa de las islas. El proyecto de un muelle recogió la idea de su compañero Benito de Herrán, en 1729, cuando situó también el arranque para un sólido espigón portuario, desde la laja del castillo de San Cristóbal.
En 1749 un nuevo comandante, Juan de Urbina, intentó llevar adelante la construcción del muelle. Para ello recomendó a los comerciantes más acaudalados de la población la participación económica en los gastos de las obras. Se acordó un impuesto a todas las embarcaciones que utilizaron la Caleta, además de los donativos realizados por el propio comandante general y los comerciantes de la ciudad. Esta vez redactan estudio y proyecto los ingenieros Francisco La Pierre y Manuel Hernández quedando éstos finalizados en septiembre de 1749, mejorando en mucho el realizado por La Riviere siete años antes. Las obras se iniciaron al año siguiente, construyéndose un espigón que arrancaba desde la laja de San Cristóbal a manera de sólido rompeolas perpendicular a la costa y rematado por un martillo en forma de media luna que daba abrigo a las escaleras de acceso. Con las obras recientemente acabadas, en 1755, un temporal se llevó parte del malecón dejando el muelle en un estado lamentable. Los comerciantes que habían invertido su dinero dudaron si ese era el mejor lugar para instalarlo y empezaban a pedir que se volviera de nuevo a la Caleta de la Aduana. No fue hasta 1784 cuando un nuevo técnico de gran categoría, Andrés Amat de Tortosa, ayudado por otro ingeniero, Francisco Jacot, iniciaron las obras de reparación. Estas consistieron en una mayor cimentación del martillo, cambio de distribución de las escaleras que ahora se entrelazaban entre sí, conducción subterránea de agua hasta las mismas escaleras para el abasto de los buques, fábrica de una casa para los oficiales del muelle y, por último, pavimentación para facilitar el tráfico rodado. Estas obras concluyeron en 1787 quedando Santa Cruz con un muelle con el que había soñado desde su nacimiento como puerto. Los viajeros que recalaban en él nos hablan de un desembarcadero cómodo o de un hermoso muelle de cantería.
Edificación de La Casa de la Pólvora (1756-1758):
Proyectada por La Pierre y situada en el antiguo camino de la Regla, muy cerca del mar. Se trataba de una nave de planta rectangular, siendo circular en los lados menores, que quedaba cerrada en su perímetro por un muro de gran espesor. La planta está cubierta con bóveda de medio cañón. Las obras, dirigidas por el coronel de ingenieros Fran
cisco Gozar se iniciaron en 1756 y finalizaron en 1758… En tiempos del comandante general Ibáñez Cuevas (1779-1784) se levantó un espaldón en este lugar para cubrir el almacén de las vistas del mar y de los fuegos que pudieran hacerle desde los barcos. (Juan Arencibia)
Edificación de la Real Aduana:
En la explanada que daba al desembarcadero de la caleta de Blas Díaz, pasado el boquete y a la derecha, se instalaría un pequeño reducto, de nombre “La Concepción”, para proteger la zona del fondeadero frente al mejor acceso de pasajeros y mercancías. Pegado a dicho fortín, hacia el sur, estaba la “Plataforma”, vestigio de una de las fortalezas de mediados del s.XVI y el primer cuarto del XVIII, cuartel para la caballería. Bonito Pignatelli consideró levantar en la “plataforma” un buen edificio para la Real Aduana, no sin agrias controversias con los técnicos, dada la peligrosa vecindad de la citada batería, que para el Comandante General significaba todo lo contrario: los cañones al par de custodiar al desembarcadero, defendían el resguardo de los caudales del rey, sus funcionarios y mercancías en depósito. Se salió con la suya. Resultó un amplio edificio cuadrado, altura de dos pisos, de argamasa y madera, con amplio portalón de entrada al que decoró con mármol traído expresamente de Lanzarote, las Armas Reales de España y esta lápida: “Reynando Phelipe V el Animoso y siendo Comandante General de estas Islas D. Andrés Bonito y Pignatelli se construyó esta Real Aduana” y en la parte superior: “Anno de MDCCXXXXII”. Esta puerta principal daba a la que se llamaría calle de la Caleta, de la Aduana, de la Tesorería y General Gutiérrez, pues tal edificio público casi llegó a los dos siglos en pie y sería destruido para la posterior de ese tramo costanero y edificar el actual Centro de Correos y Telégrafos. Menos tiempo duró la Capilla de la Real Aduana, que se dedicó a Nuestra Señora del Buen Aire, derruida en 1822, de singular devoción entre capitanes, maestres y dueños de navíos.
Embarcaciones francesas con el nombre Santa Cruz de Tenerife:
Desaparecen de la escena insular el ingeniero La Rivière y el Comandante General Andrés Bonito, en 1744, que si bien pudo ver en feliz término la Real Aduana, no así otra de sus ideas: un palacio para la Comandancia General de Canarias. Los sucesores de Bonito Pignatelli, por viejos y achacosos apenas cubrieron los trámites imprescindibles del cargo: José Masones de Limas falleció al año y medio de su mando. El que le sigue, Luis Mayoni, de 73 años, al posesionarse de la alta jefatura, coincidió con los funerales de Masones y mientras estaba en el oficio religioso, comentó: “He aquí un Comandante muerto acompañado de otro comandante moribundo”. Así fue: murió sin cumplir un año en el cargo. Los dos están sepultados en Santa Cruz de Tenerife. Mientras en los mares se paseaba el nombre de “Santa Cruz de Tenerife” en sendas naves francesas: las de los capitanes Juan Regón y Pedro Daillot, respectivamente “Las Animas y Santa Cruz de Tenerife” y “Nuestra Señora de Gracia y Santa Cruz de Tenerife”. Otros barcos llevarían después en sus amuras a la capital tinerfeña, si bien estos antecedentes de la primera mitad del s.XVIII son altamente significativos en cuanto al relieve del Lugar y Puerto más principal del archipiélago.
Liberalización del comercio con América (1778):
El año de la liberalización del comercio con América no fue óptimo para el puerto de Santa Cruz, único puerto de las islas habilitado para llevar productos exclusivamente de las islas a los mercados indianos. El puerto que más cargó fue el de Cádiz, con 63 buques despachados; con un valor de las mercancías españolas de más de trece millones de reales; de las extranjeras, cerca de treinta y siete millones y los derechos abonados, algo más de dos millones y medio de reales. El último de la lista (La Coruña, Barcelona, Málaga y Santander), es el de Santa Cruz de Tenerife: sólo nueve buques, un poco más del millón doscientos mil reales por el valor de los productos isleños y cerca de setenta mil reales, los derechos abonados. En el tráfico atlántico en el s.XVIII, Santa Cruz es puerto dador y receptor de migraciones externas e internas: hacia América, la primera, y desde las islas de Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro, la segunda, por el hambre acuciante impuesta por prolongadas sequías. Muchos de esos isleños retornarán a sus lugares de procedencia, si bien la mayoría o busca el escape de la milicia-colono en Puerto Rico, Santo Domingo, Tejas, y La Luisiana, o aumenta la población, siguiendo el mismo procedimiento de otras familias de aquellas islas.
Aumenta la población:
En la primera mitad del s.XVIII se produce un establecimiento progresivo de habitantes, grupos familiares para establecerse definitivamente o esperar la oportunidad de enrolarse en el cupo obligatorio de isleños que, vía La Habana y Veracruz, llegarán hasta el límite septentrional de la América hispana, en la frontera de los norteamericanos indios soshones y fundan, como en centurias anteriores los religiosos con sus misiones, nuevos pueblos, como la actual ciudad y condado de San Antonio de Tejas, en 1731, por un grupo de isleños que partieron de la rada santacrucera. En los primeros años de la segunda mitad del s.XVIII , se registran documentalmente más de seis mil almas, por lo que Santa Cruz de Tenerife se acerca a las dos o tres ciudades del archipiélago no muy alejadas de aquel guarismo. Una muestra de esa importancia es la Junta de cosecheros, dueños de navíos y comerciantes que, de real orden, se celebró en el Lugar y Puerto con la presencia del general de Urbina el primero de julio de 1753, y en la que el benemérito tinerfeño y regidor Baltasar Gabriel Peraza de Ayala, en nombre de Tenerife y La Palma, propuso la creación y presentó el plan de “una Compañía que entendiese de los intereses y frutos del país”. La nueva reglamentación postal dictada en 1720 por Felipe V, pero sobretodo la que con tan buena intención realizó años después Carlos III, vino a encauzar debidamente el traslado de la correspondencia, desde puertos peninsulares. A este monarca se debe la disposición firmada en el Buen Retiro, junio de 1762, para establecer en “Santa Cruz de Tenerife, capital de esas islas”, la primera Administración de Correos en Canarias. Nombró a Pedro María Martín, primer jefe de este Oficio dependiente de la Corona, pero subordinado al Capitán General, superior jerárquico en todas las Reales Rentas. El jabeque Nuestra Señora del Rosario, en calidad de correo oficial, dio fondo en la bahía santacrucera el diez de agosto de aquel año, inaugurando, al tiempo que lo clausuraba, tal servicio, pues la novedad no prosperó por culpa de lo elevado de los portes a pagar por los receptores de cartas, ya que entonces se estima de mal gusto abonar el franqueo quienes las escribían.
El puerto durante el siglo XIX:
En pleno siglo XIX el Atlántico sigue sin perdonar. Un nuevo embate, en 1821, deja al muelle de Santa Cruz en una situación ruinosa. La crisis económica de la isla impidió ejecutar las reparaciones. Tres años después, en 1824, el ingeniero militar Diego de Tolosa construyó la grada de martillo deshecha por el mar y la explanada en la que se encontraba el pescante.
La época de mayor actividad y esplendor del puerto de Santa Cruz fue el periodo de más o menos cien años que abarca desde 1848 hasta 1950. Durante ese tiempo, el puerto se convirtió definitivamente en el principal eje económico no sólo de la ciudad sino de la isla, observándose en él una actividad como nunca antes se había conocido. Las causas fueron muchas y variadas.
- El comercio de la cochinilla: Debido al auge de este comercio, Santa Cruz de Tenerife durante las décadas de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo experimentó una buena coyuntura económica, favorecida por la Ley de Puertos Francos de 1852.
- Rutas coloniales: La situación estratégica de las Islas Canarias dentro de las rutas marítimas internacionales, en el esquema general de la política colonialista de las potencias europeas en la segunda mitad del siglo XIX. Países como Francia, Bélgica y Gran Bretaña utilizaron nuestros puertos como punto de parada y fonda a la hora de transitar en sus caminos hacia sus posesiones de ultramar. El puerto de Santa Cruz de Tenerife se convirtió en lugar de abastecimiento, instalándose compañías europeas para el mejor control de sus intereses, lo que alentó un gran dinamismo económico.
A medida que avanza el siglo XIX el muelle había quedado mermado en su capacidad para acoger el aumento del tráfico y del comercio. En 1845 la Junta de Comercio local encargó al técnico de obras públicas Pedro Maffiotte, conocedor de las nuevas técnicas en el corte de prismas para la escollera, la formación de un nuevo dique más seguro.
En 1846 se supo que en las obras de puerto de Argel se estaba ensayando una técnica nueva, que consistía en formar escollera con prismas artificiales que se podían fabricar en el mismo lugar de las obras. La Junta de comercio envió a Pedro Maffiotte para que estudiara en Argel y en varios puertos de Francia este nuevo procedimiento. Al volver, Maffiotte puso en práctica el mismo sistema: el primer prisma artificial fue arrojado al mar el 10 de febrero de 1847.(Cioranescu)
Era la primera acción para crear un puerto moderno. En ese mismo año llega a Tenerife el primer ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, Francisco Clavijo y Pló. Hasta entonces, como hemos visto, las competencias en obras portuarias venían de la mano de ingenieros militares al ser considerados los puertos recintos que competían al Ministerio de la Marina. Tras la creación del Ministerio de Fomento en 1832, las competencias pasaron a este Ministerio, quedando claramente definidas en un Real Decreto de 17 de diciembre de 1851. El Estado se hacía cargo de las obras que considerara de importancia general para el país, arrebatándoselas a las administraciones locales tales como consulados, ayuntamientos, diputaciones, etc. El puerto de Santa Cruz fue declarado, en 1852, puerto de interés general, encargándosele al ingeniero Clavijo un estudio del puerto a construir. Este tendría que atender a las nuevas necesidades planteadas, tanto a la construcción de fuertes diques para la defensa contra el oleaje y las corrientes, como de un plan general que coordinase todas las exigencias de un puerto moderno: áreas de abrigo, áreas de descarga de materiales, espacios para almacenes, centros de contratación mercantil y otros servicios propios. Clavijo, atendiendo a estos criterios y tras reparar el muelle antiguo, redacta un primer proyecto en 1858, el cual fue devuelto por la Administración para que fuera ampliado. El trazado definitivo lo finaliza en 1862, siendo aprobado por una Real Orden de 18 de noviembre de 1864. El nuevo plan de Clavijo consistía en alargar en dos tramos el mismo muelle que él mismo había reparado dos años antes. El primero de dichos tramos tenía dirección noreste, con unos setenta y cinco metros de longitud, en el cual se venía trabajando desde 1848, quedando prácticamente terminado en 1863. El segundo tramo se proyectó con una longitud de ciento cincuenta y dos metros, formando un codo con el anterior. Este último tramo no se terminó hasta 1881, ya con Clavijo jubilado y bajo la dirección de Juan León y Castillo. A partir de la última década del siglo pasado, las obras de acondicionamiento empiezan a terminarse mucho más rápido debido a la continuidad en el trabajo, a la mejora de las máquinas y a las nuevas tecnologías aplicadas.
La línea de atraque era de 339 metros. Como el abrigo del puerto seguía siendo tan malo como en tiempos pasados y los fondos de la bahía no habían sido limpiados, los navíos no podían llegar hasta el muelle para atracar. Se continuaba con el procedimiento de fondeo de los buques a cierta distancia. Las operaciones de carga y descarga eran llevadas a cabo por medio de lanchas que en número de diez o doce ocupaban la línea de atraque. En su lugar se podían atracar tres o cuatro barcos de menos de 500 toneladas. El total de lanchas dedicadas a la carga y descarga era de unas veinte. Los buques de cabotaje entre las islas, por sus dimensiones reducidas y su poco calado no fondeaban sino que entraban al atracadero.
En el verano de 1885 comienza el montaje de los raíles de una línea de ferrocarril desde el muelle hasta La Jurada. Fue inaugurada el 10 de octubre de 1890. La locomotora fue bautizada con el nombre de “Añaza”.
Se inicia la construcción del fuerte de Almeida (1854):
Almeida, su castillo y unas baterías cuyas troneras dan al puerto, aunque ahora están ocultas, gozan de buena salud; y el Castilo de San Juan, restaurado hace 20 años, sigue sin contenido. Almeida es parte importantísima de la historia de Santa Cruz desde el siglo XVII porque en ella estuvieron: la batería de San Antonio; la del calvario, llamada después Santa Isabel; la del Pilar, en la parte central alta; y la de San Miguel de la Huerta, en la parte alta; y la de Santiago o Provisional de los Melones (creada poco antes del ataque de Nelson). En 1854 se decidió la construcción del fuerte de Almeida, según proyecto del coronel canario Sebastián Clavijo y Pló. Hoy existe una gran parte de este complejo fortificado.
Antes de la introducción de telégrafo, a mediados del siglo XIX, como sistema de información de las llegadas de barcos se utilizaban el mirador particular y las vigías. De éstas había una en Anaga, pagada por la capitanía general. A partir de 1868 estuvo a cargo del ayuntamiento. Conocer de antemano la llegada de los barcos interesaba a los comerciantes más a menudo que a los militares. En el castillo de San Cristóbal había otra vigía militar pagada por el comercio de Santa Cruz. Se mantuvo hasta después de la instalación del cable y le correspondía entrar en contacto con los barcos que se aproximaban por medio de señales.
Leyes y concesiones:
El puerto de Santa Cruz heredaba del siglo XVIII una situación legal relativamente buena. Desde 1778 era uno de los pocos puertos españoles autorizados a comerciar directamente con las Indias y habilitados para el comercio exterior. Esta situación, que compartía con algunos puertos canarios más, sobrevivió a las inquietudes y zozobras de las guerras napoleónicas y duró hasta 1818. De repente, en 16 de febrero de 1818, el gobierno absolutista de Fernando VII decretó el cierre de los puertos de Canarias que no estaban habilitados en 1808 para comerciar con el extranjero. El de Santa Cruz no entraba en esta categoría; y al serle comunicada la real orden por la intendencia de Canarias, el ayuntamiento representó en este sentido, pidiendo se declarase su puerto depósito de manufacturas extranjeras de lícito comercio, valiéndose para ello del precedente de la real orden de 30 de marzo de aquel mismo año, que habían conseguido los puertos de La Coruña, Santander, Alicante y Cádiz, que se hallaban en la misma situación. Su solicitud, informada favorablemente por el comisionado regio Felipe de Sierra Pambley, fue examinada con la acostumbrada lentitud administrativa y tuvo por efecto la real orden de 9 de noviembre de 1820, que le concedía la gracia de puerto de depósito de segunda clase. Esta gracia no pareció suficiente. Envalentonado por este primer éxito, y posiblemente todavía más por el retorno a la situación constitucional de 1813, el ayuntamiento solicitó en 1821 el título de primera clase que le fue concedido. Era un regalo que recibía Santa Cruz del gobierno liberal, por mano de José Murphy; pero los regalos de los liberales eran más bien peligrosos. Este duró tanto como el régimen constitucional. Al volver el absolutismo, el puerto de Santa Cruz no sólo perdió su categoría de puerto de primera clase, sino que lo más probable es que se quedó también sin el depósito de segunda, que le había regalado el rey. En efecto, el absolutismo anuló todo cuanto había innovado el liberalismo constitucional y en aquel naufragio es de sospechar que el ayuntamiento no se atrevió a levantar la voz, siquiera para defender lo que era legítimo desde el mismo punto de vista de los absolutistas. El hecho es que sólo en 1834 se consideró oportuno volver a solicitar la declaración de puerto de depósito y que, al hacerlo, no se mencionan por nada títulos o derechos antiguos. Incluso hubo encuesta, hecha por mediación del intendente, para saber si eran útiles e interesantes el comercio directo con las Indias y el puerto de depósito. La verdad es que no lo eran tanto como lo habían sido, pero seguían siendo el único pulmón de la economía insular. En 1837, a raíz de las gestiones del diputado por Tenerife Gumersindo Fernández de Moratín, las Cortes aprobaron el restablecimiento de los decretos de 1822, que declaraba n a Santa Cruz puerto de depósito de primera clase, a la vez que habilitaban un puerto en cada isla para el comercio en general. Bien que mal, la cobertura legal existía. No del todo bien, ya que había que negociarla y renovarla periódicamente; pero mejor que en otros puertos de España y de sus islas, que no disponían siquiera de esta posibilidad. Ello explica, junto con la situación geográfica de las islas, el que la navegación haya podido continuar sus actividades de manera más o menos normal, en un período de grave depresión económica; y también el que la insuficiencia del movimiento y de los estímulos económicos no haya permitido la dotación del puerto, cuya infraestructura seguirá siendo insuficiente a lo largo de toda la primera mitad del siglo, sin que se noten apenas señales de recuperación. (Cioranescu)
El suministro de carbón:
Su venta fue importante sobre todo después de 1860. Se trataba de un producto de importación y de libre comercio. La iniciativa de la organización del suministro se permitió al comercio particular. Varias compañías de importación y exportación se formaron o establecieron en Santa Cruz. En 1881 existían en la ciudad cuatro depósitos a la orilla del mar, organizados para poder suministrar con un ritmo de 30 toneladas por hora. El carbón se cargaba en lanchas, en cuatro muelles, de los cuales tres pertenecían a los depósitos particulares, y luego un vaporcito de 20 toneladas arrastraba las lanchas hasta ponerlos al flanco de los navíos: de este modo se habían suministrado en 1880 un total de 115 vapores, con 10.075 toneladas de carbón.
Las compañías carboneras:
La primera parece haber sido la compañía Bruce, Hamilton, Davidson, Lebrun y Compañía, autorizada en 1850 a poner tinglados en la playa próxima a la batería de San Pedro, bajo las restricciones determinadas por la real orden de 13 de febrero de 1845. Estas restricciones eran importantes: por aprovechar la playa, la empresa corría el riesgo de verse obligada a abandonarla a requerimiento del gobernador militar de la plaza, sin ninguna indemnización. Y fue exactamente lo que pasó en 1876, cuando los Hamilton tuvieron que transferir su tinglado a Valleseco. A pesar de este peligro, los depósitos de carbón para el suministro de escala se multiplicaron rápidamente: Virgilio Ghirlanda (1851), Juan Cumella (1857), Hermanos Cory (1862), Davidson (1868), Juan Croft (1891), Inocencio Fernández del Castillo (1891), y varios más, cuya fecha de instalación se ignora. En 1881 existían cuatro carboneras, tres de ellas con su muelle y con una capacidad de suministros de 30 toneladas por hora. (Pancho García)
En 1906, los cuatro depósitos tenían una capacidad total de 50.000 toneladas y sus propios muelles de servicio; disponían además de 50 depósitos flotantes, capaces para 130 a 180 ton. Cada uno, y de 50 lanchas de 15 a 26 toneladas. En esta época, Santa Cruz y Las Palmas exportaban juntos dos veces más carbón que todos los demás puertos españoles. Sin embargo, esta actividad comercial había entrado en crisis en Santa Cruz. Por una parte, el volumen de las ventas disminuía, como consecuencia de las repetidas huelgas de cargadores de carbón (1898, 1901, 1910, 1912). Por otra parte, había entre los dos puertos canarios una dura guerra económica, librada precisamente sobre el terreno del suministro de combustible, porque de él dependían principalmente las preferencias de los navegantes. Para atraer el tráfico, los dos puertos se hicieron competencia en los precios, hasta que por fin se pusieron de acuerdo para unificar los precios. Se solían ofrecer también “premios” a los capitanes y maquinistas, para incitarlos a volver. También se convino que se debía suprimir este uso. El resultado fue un malestar económico, la retirada de varias líneas importantes, como la alemana, que prefirió a partir de entonces la escala de Madera, y una disminución del tráfico y, por lo tanto, de los servicios, que ocasionó nuevas huelgas y manifestaciones de descontento de los trabajadores.
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“Mucho me enorgullece este botón de ancla que he vestido toda mi vida y que espero me acompañará a la tierra cuando Dios quiera disponer de mí”. (Imeldo Serís)
Imeldo Serís Granier (Santa Cruz de Tenerife 1848-id.1904):
Se dedicó a la política tras una carrera de 25 años en la Armada. Fue elegido senador por Tenerife. Durante este período se construyó la carretera de Candelaria y Granadilla al Médano, se restablecieron los juzgados de La Laguna y La Orotava; y el Colegio de Abogados de Santa Cruz. Consiguió la exención del impuesto a los carbones que suministraban los puertos canarios y aparatos para el funcionamiento de los faros de las islas. Creó generosamente la Institución Imeldo Serís, en la Rambla Veinticinco de Julio, donde se establecieron la Escuela Náutica y la histórica Escuela de Comercio, que muestra el busto de su fundador.
FUENTES BIBLIOGRÁFICAS DIVERSAS